Por Dora Quintero
Luego de un largo paseo por la playa, junto a mi amiga y escultora Vicky Camacho, me recosté sobre la arena, cerré los ojos y me adentré en mis pensamientos. Permanecí durante algún rato en aquel recogimiento. Al despertarme, Vicky me miraba sonriente y a mis pies reposaba una hermosa escultura de arena.
Fascinada, no me cansaba de admirar la obra de una extraordinaria belleza. En su sencillez reflejaba el misterio insondable y sublime del Arte. A partir de aquel momento iniciamos el siguiente coloquio.
Vicky, me parece que esta escultura rompe de alguna manera con la embriaguez narcisista con la que los artistas exhiben su trabajo.
El artista es un ser narcisista y vanidoso, desea mostrar su creación a todo el mundo, poniendo énfasis en la habilidad que le caracteriza. En un sentido más profundo, al exhibir su obra, induce a los demás creadores a hacer lo mismo, especialmente a los de su campo. De este modo evidencia la diferencia entre ellos y da aún mayor fuerza a su ego.
Esta pequeña escultura de arena pertenece al arte efímero, expresión que rechaza sobrepasar el tiempo o la posteridad. Nace y muere en el presente. Rompe los encierros a los que está sometido el Arte. El artista obtiene satisfacción de su obra, gratificándose a sí mismo por su habilidad. En una elocuente necesidad de crear recurre a sus destrezas como una manifestación de su espíritu. La perpetuidad queda al margen.
Yo preferiría que toda manifestación artística fuera efímera, de esta manera nacería un nuevo lenguaje en el Arte. El artista se reencontraría con el placer puro que emana del crear, liberaría otras fuerzas y, a través de la provocación de sí mismo, podría enriquecer sus búsquedas.
El artista debería vivir para crear, sin que las responsabilidades de la vida cotidiana interfieran y le resten concentración en el trabajo. Cuando los problemas domésticos le invaden, no puede mantener libre a la obra de arte de su influencia. Yo, en condición de mujer, debo buscar cómo profundizo mi obra.
Muchos artistas ecuatorianos se desempeñan como profesores para crearse cierta estabilidad económica, a pesar de que la actividad educativa les quita tiempo, desvía sus pensamientos y, además, es poco remunerada. Sin embargo, esa experiencia permite una confrontación entre la obra de los maestros y la de los jóvenes que aún no está contaminada en su expresión artística.
Al ver tu obra entre las presencias del mar y de la arena, me ha embargado un sentimiento de fragilidad y de lo extinguible. ¿Quizás sea eso lo que se propone el arte efímero?
No creo que el arte efímero tenga esa cualidad. El arte efímero no solo está hecho de materiales que perecen. La fragilidad es una característica del Arte en general. En esta escultura únicamente hemos sido cómplices de su presencia.
Esta pequeña escultura revela al ser humano que se reencuentra consigo mismo dentro de la soledad y del silencio.
De alguna manera mis personajes son seres solos, sin voz, anónimos, que reflejan la confrontación del hombre con su interioridad. Son seres que buscan algo oculto, que no profanan el silencio.
Mi obra representa a la soledad, a pesar de que en muchas ocasiones está dedicada a conglomerados humanos. Las figuras están allí, incólumes en su abandono, cada una diferente. La figura humana es lánguida; somos un montón, pero cada uno está solo, cada uno busca su espacio en el silencio que comparte.
Creo en el hombre. No creo en las organizaciones, los nacionalismos, el racismo y la xenofobia. Creo en la heterogeneidad y en la justicia. Hoy, el ser humano es más apático, más antisocial, más solo. La existencia es un aparte.
A más de la exaltación de la soledad o del desencanto, en muchas de tus piezas la sensualidad conduce a lo erótico, al deleite. Tus parejas vigorosamente trazadas buscan exaltar zonas erógenas consiguiendo perturbar a quien las admira.
He plasmado el erotismo como un descanso en la búsqueda de un lenguaje personal. Juego con la figura humana, con el movimiento y con la sensualidad, tratando de llegar a la provocación.
Mis piezas no son pulidas, mis esculturas no son bonitas, no tienen el canon de belleza comercial. En mis obras he relegado la belleza para destacar lo profundo del ser humano como principal efecto. Por esto, en mi obra se aprecia la languidez, la soledad. Y de esta postura viene también lo sensual. Cuando manejo la figura, busco el movimiento. En el acto de entrega, mis piezas sugieren el placer, el contacto físico total, la entrega absoluta. Mi obra no se destaca únicamente por la provocación del efecto sensual, sino que conduce a lo inefable de la vivencia erótica.
Me encanta la figura humana, sus movimientos fuertes. Plasmo en la escultura lo que en la realidad no se puede hacer: estirar las piernas a lo máximo o llegar a la cúspide del deleite. Las esculturas se apropian del espectador con tal fuerza que logran inquietar su subjetividad.
En ocasiones mis piezas incomodan a quienes las observan. La provocación lleva en sí una crítica a la doble moral de una sociedad conformista y solapada. El erotismo devela esta actitud y —en cierta forma— critica a los valores conservadores.
En lo erótico muestro la fusión pura, sin cuestionamientos. El erotismo viene de adentro, de la libertad de pensamiento. La sensualidad está ligada al ritmo vital de la naturaleza.
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